En 1976 entramos en el mundo del vino. Lo hicimos sin prisas, con honradez, para ir adquiriendo poco a poco un nombre en esta complicada y hermosa cultura del vino.
En 1988 nos embarcamos en un gran proyecto, comprando las tierras y el Palacio del Señorío de Canedo, para plantar allí las viñas y construir la Bodega de elaboración de nuestros caldos, y también aprovechar la bodega del propio Palacio para el envejecimiento de nuestros vinos de crianza y reserva.
Una cosa muy importante y de la cual presumimos es que todas nuestras viñas están plantadas a una altitud media de 600 metros sobre el nivel del mar. Sabíamos cuando las plantamos que el buen vino sale de las laderas de la montaña, protegidas del norte y siempre mirando al sur para aprovechar el sol desde que sale hasta que se pone.
Otra cosa que tuvimos siempre muy clara es que en las labores de nuestras viñas no debíamos usar herbicidas sino que debíamos y así lo hacemos, arar y excavar la tierra como siempre se hizo. Tratamos las enfermedades de la viña usando siempre productos de contacto (azufre, sulfato de cobre) y nunca productos sistémicos que al fin y a la postre contaminan la planta y la propia tierra.
Aprovechamos al máximo la bondad y la peculiaridad de una materia prima tratada con cariño; poniendo todos los medios para ello. Quinientos mil litros de capacidad de cubas de acero inoxidable, sistema de refrigeración para realizar las fermentaciones en condiciones óptimas y sobre todo el saber hacer de nuestro equipo técnico que asume al cien por cien nuestra filosofía. Para criar y envejecer nuestros vinos tenemos la bodega del Palacio, en la que ya en el año 1761 el Señor de Canedo cosechaba ciento setenta miedros de vino.
Ciertamente en este aspecto tampoco inventamos nada. Simplemente aprovechamos los conocimientos de antaño sobre el vino pero mejorándolos y adecuándolos a los adelantos que indefectiblemente se producen a lo largo del tiempo.
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